Aceptación, Discernimiento y Oración

Aceptación
 
Si el lector percibe en sí mismo algún síntoma del Segundo Viaje, le recomendamos, en primer lugar y ante todo, que lo reconozca y acepte por las oportunidades de maduración humana y espiritual que nos brinda a pesar de los riesgos que con- lleva. Cosa más fácil de recomendar que de practicar, porque a veces parece que nos conduce adonde no queremos ir.
 
Me pregunto—escribe O’Collins— cuántos Segundos Viajes han sido abortados por las instituciones a las que pertenecían los viajeros, o por ellos mismos. Se puede restar importancia a los primeros síntomas del Segundo Viaje como si no fuera nada más serio que un interludio desagradable que probablemente desaparecerá por sí solo. En el peor de los casos, se puede reprimir. El miedo o la ‘prudeuda’ tal vez sugieran echar mano de placebos o remedios aparentes. Un Segundo Viaje aparece de pronto, y es algo arriesgado. Dejarse llevar, soltar las amarras, no es algo que hagamos por gusto”
 
Toda crisis es potencialmente peligrosa, pero no tiene por qué ser una catástrofe. Las crisis también son potencialmente enriquecedoras y constructivas. Depende, en gran medida, de cómo seamos capaces de gestionarlas.
 
Abrahán estaba ya muchos años casado y bien asentado en Harán, cuando le habló el Señor: “Deja tu país y tu parentela y encamínate a la tierra que yo te mostraré”. El anciano Abrahán quizás hubiese preferido pasar plácidamente los últimos años de su vida donde estaba, en vez de emprender una aventura incierta, pero, invitado por Dios, se puso en camino, permitió que su vida se deshiciese y se rehiciese y halló su último destino como padre de todos los creyentes.
 
“En realidad-continúa O’Collins—, aferrarse a las estrategias y valores que nos han servido en la primera mitad de nuestra vida puede equivaler a rechazar una gran oportunidad de madurez y de gracia. Los procesos de aprendizaje son con frecuencia penosos. Una ‘muerte’ en el mediodía de la vida a través de la cual podemos renacer será especialmente dolorosa. Pero ese descalabro, esa desintegración, puede convenirse en una re-integración, y la vida puede comenzar otra vez, con renovados ímpetus a los 40, 50, 60 años’.
 
Esta fue, como hemos visto, la experiencia personal de Newman, de Carter, etc.
 
 
 
Discernimiento
 
Permitir que el Segundo Viaje ocurra no es recomendar que se abandonen alegremente compromisos seriamente contraídos (en la vida conyugal o religiosa por ejemplo) y/o dejarse arrastrar hacia metas falsas y destructivas. Existe el peligro patente de decidirse por un destino equivocado, un regreso a la inmadurez en vez de un progreso hacia una mayor madurez y equilibrio, hacia el verdadero término al que Dios y la vida llaman, oscuramente, al viajero. El sinsentido y la soledad son muy turbadores. Hay peregrinos que inician el Viaje confiadamente como Abrahán, pero en su turbadora perplejidad acaban desviándose y optando por una ruta no-auténtica.        De ahí la necesidad de discernimiento para evitar dos peligros:
 
• Interrumpir el viaje a medio camino, pues el Segundo Viaje puede durar años de paciente y a veces doloroso peregrinar; baste recordar el ejemplo de Ignacio de Loyola Teresa de Calcuta. Sólo con el tiempo que sea necesario se podrá sentir la paz y la confianza de ver con claridad el sentido de lo que se había vivido con dolor.
 
• Escoger un destino falso. Puede ser algo tan extremo como el suicidio, al que fueron tentados Ignacio y Bárbara, o la ruptura de los votos conyugales o religiosos sin justificación adecuada. El viajero necesita prudencia y discreción (y con frecuencia diálogo con interlocutores válidos) para discernir la motivación real de sus decisiones, pues un término falso puede parecer auténtico.
 
El término auténtico puede ser un vida nueva en un lugar nuevo, como Eneas, Thomas, Diego, etc. O el retorno de un viajero renovado a su lugar de origen, como Ulises, como Carter (que volvió a la política después de haber cambiado su actitud hacia la misma), como Bárbara (que volvió a su hogar después de haber recuperado su autonomía personal), etc.
 
 
 
Oración
 
El discernimiento desde la fe es casi imposible si no se hace en un clima de reflexión meditativa y oracional. Sólo el contacto con el Espíritu que nos guía, puede transformar vagabundeos inquietos y desnortados en un auténtico Segundo Viaje hacia la madurez humana y espiritual.
 
Un estilo de oración, por cierto, que no será necesariamente el mismo de antes de emprender el viaje. Una manera de orar adaptada a la etapa que se esté viviendo en el momento. Pues como nos recuerda Gromolard (La Segunda Conversión, Sal Terrae, 1999, pp. 60 y 156): “En el camino de la fe, en cierto momento, no tenemos más elección que dejar que todo se venga abajo o emprender la gran travesía… Es inevitable que este hundimiento tenga lugar, porque el Dios que nos dominaba era el Dios de nuestro yo imaginario. Es necesario que este Dios muera para que Cristo resucitado viva en nosotros’:
 
Esta nueva manera de orar podría ser, por ejemplo, “la oración de Jesús” de El Peregrino Ruso, o “la oración centrante” de La Nube del No-Saber u otra que mejor se ajuste al estado espiritual de! viajero.
 
Para concluir, deseamos al audaz lector que se aventure a viajar, un ¡BUEN VIAJE! y un ¡VAYA CON DIOS!, el mejor compañero de camino y guía, como bellamente lo expresó Newman de vuelta a Inglaterra, tras su “muerte y resurrección” en Sicilia:
 
         Oh, Luz benigna, guíame por entre las tinieblas que me envuelven, condúceme; es noche oscura, y estoy muy lejos del hogar, condúceme.
Mantén me en el camino; ni siquiera te pido a alcanzar a ver el horizonte, me basta poder dar un solo paso.
         No siempre ha sido así, no siempre te pedí que me llevaras;
pues quise yo elegir la senda por mí mismo; empero, ahora guíame.
         Busqué la deslumbrante luz del día, y, ansiándola entre dudas, me dominó el orgullo; olvídate de mi pasado.
Y puesto que hasta aquí me has bendecido, hazlo de nuevo, y guíame
por entre los desiertos y pantanos, peñascos y torrentes, mientras la noche acaba, y con la luz amaneciente, los rostros de los ángeles
—que tanto amé y perdí por un momento— sonreirán de nuevo.

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