Elegía al Corazón de Jesús

Elegía al Corazón de Jesús


Corazón de Jesús
 
En Almería, julio de 1936, el Corazón de Jesús es fusilado.
 
El rencor y el miedo iban de la mano,
dos bandos enfrentados a porfía,
cuánta sangre derramada en vano;
 
una torcida mano homicida
fulmina el sentir del pueblo hispano,
y la muerte dio término a la vida.
 
La lucífera mañana despierta
la abrumada ciudad, de incendio herida,
en esta inmensa soledad desierta;
 
un rüido de sables desafía,
Cristo es de nuevo coronado
de injurias cuando atardeció ese día.
 
Bajo un cielo de acíbar, enconado,
sin tregua, arriba un turbio argumento,
el verle otra vez desalentado.
 
El sigiloso mal tomó asiento
en un audaz y peregrino arquero,
de ansiedad en venganza, en odio hambriento.
 
Silbos de amor trina brioso un jilguero
que atrista en rimado verso la historia,
en las verdes ramas de un limonero.
 
¡Pronto!, ¡qué muera el Rey de la Gloria!,
brama con voz airada el griterío,
volviendo a Jerusalén la memoria.
 
Cinco malhechores en su desvío,
ataron a cordel sus sacras manos,
sin conseguir derribarlo en su brío,
 
entre blasfemias, común de villanos,
disparan su fusil al nazareno,
comunistas, ateos, milicianos…
 
cinco minutos de obsceno trueno,
las balas en vuelo alado clavaron
en rostro, pies y manos, su veneno.
 
Los necios en su abismo, se burlaron
del Corazón de Jesús, ya inerme.
Y puños contra el cielo levantaron.
 
¡Ay!, ¡qué amargura ese otro cáliz vierte!,
con dinamita el firme pedestal,
saltó en mil pedazos la piedra inerte,
 
la ermita de San Cristóbal igual,
mas la imagen del buen Jesús se erguía
en pié aún, tras la explosión brutal;
 
creídos que un Trono le vengaría,
les invadió inusitado espanto,
por temor a la celestial jerarquía.
 
Y con recias sogas tiraron tanto…,
derribando a Jesús, cayó de frente,
entre el carmín de amapola y amaranto.
 
¡Qué ciego desatino aquella gente!,
rodó por el suelo pedregoso
cuesta bajo, sin rumbo, velozmente,
 
el que se izaba en la cumbre glorioso,
y bendecíanos con su dulzura,
desde su blanco mármol luminoso.
 
Y ahora derruida su arquitectura
amorosa, silente y mutilado,
aún nos llama y nuestro haber procura.

 ¡Oh inefable tributo abastado
de amor, de humildad, de fe y de vida!,
vieron su sacro cuerpo despeñado
 
desde el cerro de mi ciudad querida,
¡por el suelo!, quien es alteza, cielo
y faro en la Cristiandad, hoy dormida.
 
Tiñó el alba grana de terciopelo,
¿por qué ese esclavo deseo de ira y muerte,
que en el humano obra con tanto celo?
 
¡Cómo no estremecerse, al así verte?
¿Quién le esculpirá con los mismos trazos,
uniendo las partes y en todo acierte,
 
y vuelvan al níveo monte los retazos
de escombros de oro y cielo soberano,
para abrazar la ciudad en sus brazos?
 
Yo quiero ser el buen samaritano,
del Agua Viva que diste en regalo,
¡Rey del cielo, en tu mitad humano!,
 
summa Eternidad, triunfante halo,
arrebol que alumbra la Humanidad,
sustentando al hombre fiel y al malo.
 
Santo inmortal y única potestad,
sosiegas al mortal en la tristura,
salvándonos de eterna oscuridad.
 
Quien todo lo viste de su hermosura,
una de las Españas lo profana,
¡cuánto desamor a tan alta hechura!
 
Otra vez oprime furia malsana,
al lirio de Israel, la excelsa virtud
que abriga la esperanza en el mañana.
 
¡Oh luz de la vida!, si como alud
caímos en el naufragio del instante,
podamos ver al fin tu excelsitud.
 
Ya amordazaba el mal reinante
a la ciudad, la que tanto adoro,
en la sanguina tarde agonizante.
 
Aunóse halo de espino y oro,
de angelicales galas despojado,
mas eres Cristo, empíreo tesoro
 
prendido en mi pecho enamorado,
al que has hecho deudor por entero,
y late y llora al verte desterrado.
 
¡Oh Cristo inmortal, el Verdadero!
¿Por quién solo es polvo y humo convertido,
por qué te humillas por tan cruel sendero?
 
¡Cómo estoy en Ti y Tú en mi dormido?,
no mores en mi pecho receloso,
compañero del alma consentido,
 
consorte de latido tembloroso,
atiéndeme, antes que sea la partida
o preso por el hado veleidoso.
 
Quiero enjugar la sangre de tu herida,
cuando desmaya, a coro de violines,
mi plaza de ciprés amortecida.
 
Ya que el mundo se place, y sus afines,
contra Vos, con fiero encono armado,
os ensalza, a la par que Serafines,
 
quien en la Trinidad fue bautizado.
Quiero asirme a tu dolor, ¡Alma Mía!,
al saberte en mi tierra fusilado,

 dos mil años después, en Almería.
 
José Jaime Capel Molina
Julio 2014

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