San Ignacio de Loyola (1491 - 1556)






Es el Fundador y el verdadero Padre de la Compañía de Jesús. Nació en el País Vasco en 1491 y murió en Roma en 1556.
Fue un hombre de dos épocas, la Edad Media y el Renacimiento. Vivió ambas intensamente en una búsqueda apasionada de la Voluntad de Dios. El mismo se consideraba un peregrino. A la Edad Media perteneció su niñez, su juventud y parte de su edad adulta. De ella aprendió su fe firme, como roca, en la Iglesia de Cristo, la católica. Son medievales sus etapas de caballero y cortesano en la Corte, de gentilhombre y combatiente en Guipúzcoa y Navarra, la herida de Pamplona, la conversión en la Casa solariega de Loyola, la vela de armas en Montserrat, los Ejercicios espirituales en Manresa, la peregrinación a Jerusalén, los estudios en Barcelona, Alcalá y Salamanca y los primeros años en París. Su mismo nombre era medieval, Iñigo.
El peregrino siguió buscando en París. Quería ser un hombre espiritual, al servicio de un solo Señor. Amó el camino de la vida contemplativa pura, y en un primer momento pensó consagrarse en la Cartuja. Consideró la espiritualidad contemplativa y activa con los dominicos en Castilla y los franciscanos en Tierra Santa. Pero el Señor parecía llevarlo por otro camino y el discernimiento debía
continuar.
En la Universidad de París, cuando deja el medieval Colegio de Montaigu, y se traslada al de Santa Bárbara, ingresa de lleno a la época renacentista. Los estudios, los compañeros, la oración apostólica lo hacen descubrir un nuevo camino, el del contemplativo en la acción. Es la misma y única gracia divina la que puede mover al hombre a la vida de oración y a la vida apostólica.
Consigue compañeros, primero al Bienaventurado Pedro Fabro, después a San Francisco Javier, más adelante a otros cuatro. Los siete hacen Votos de pobreza y de peregrinar a Jerusalén; la castidad la dan por entendida. Con realismo, si no es posible viajar a la Tierra del Señor, en Roma se pondrán a disposición del Romano Pontífice. Todos estudiaron con profunda seriedad y se graduaron de Maestros.
Iñigo, en su nueva vida, la del Renacimiento, toma el nombre de Ignacio. A los siete primeros se añaden otros tres, después un cuarto. Todos hacen los Ejercicios Espirituales, la experiencia de Ignacio que los marca definitivamente.
En Venecia recibieron las Órdenes sacerdotales y esperaron los plazos para su peregrinación. Después en Roma, todos se entregarán al servicio de la Iglesia, la “vera esposa de Cristo”, bajo el Romano Pontífice. Dios, Uno y trino, lo confirmó en La Storta. "Yo quiero que tomes a éste como a servidor tuyo". "Yo quiero que tú nos sirvas". "Yo os seré propicio en Roma".
Paulo III aprobó a la naciente Compañía. Ignacio es elegido General y es el encargado de redactar las Constituciones. De inmediato comienza el fluir de nuevos compañeros. También comienzan a ser requeridos para diversos apostolados y el Papa los dispersa por Europa. A Alemania, al coloquio de Worms y a la dieta de Ratisbona. A Austria, España, Inglaterra e Irlanda, a los países eslavos y al Concilio de Trento. Y a toda Italia. También a Francia.
La dispersión mayor empezó con la partida de San Francisco Javier hacia Portugal y de ahí a la India, Indonesia, Japón y China. Más tarde será el Brasil y Etiopía.
Ignacio quedaba en Roma, viendo partir, animando, organizando y orando por todos. Al final de sus días la Compañía de Jesús estaba formada por más de mil personas y se extendía en los cuatro continentes conocidos.
Ignacio murió en Roma el 31 de julio de 1556 y el 12 de marzo de 1622 fue canonizando junto con San Francisco Javier, Santa Teresa de Ávila, San Isidro Labrador patrono de Madrid y San Felipe Neri. Ha sido declarado Celestial Patrono de los Ejercicios Espirituales y de todos los institutos, asociaciones y centros que se dediquen a dar o estudiar los Ejercicios.


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