Santos y Beatos jesuitas: San Claudio de la Colombière.

San Claudio La Colombière. (1641 – 1682)
 Nació el 2 de febrero de 1641 en Saint Symphorien d'Ozon, un poblado del Delfinado, en Francia. Su padre, Bertrand La Colombière, era notario del lugar. Su madre, Margarita  Coindat, tenía fortuna y era mujer de gran fe e inteligencia.
Claudio fue el tercero entre ocho hermanos.
La niñez de Claudio fue sencilla, en familia, como la de todos los niños de familias
semejantes.
En 1650, su padre se trasladó a la ciudad de Vienne. Claudio fue matriculado en el Colegio de los jesuitas de Lyon. Allí cursó tres años de Gramática y en 1563 comenzó los cursos de Humanidades, Retórica y Filosofía. Con el P. Juan Papon s.j. director de la Congregación Mariana (hoy, Comunidades de Vida cristiana, CVX) hizo su discernimiento vocacional.
En octubre de 1658 ingresó al Noviciado de la Compañía de Jesús, en Aviñón. Su maestro de novicios fue el mismo P. Juan Papon s.j., recién nombrado, y sus compañeros fueron 32 jóvenes venidos de todo el este y sudeste de Francia.

No conocemos detalles de su vida de novicio, pero debió ser muy semejante a la de todos los Noviciados de la Compañía. Algo debió haberle costado, por un comentario suyo hecho varios años después. "Señor: Yo me había representado tu ley como una ley dura, como yugo insoportable para mi debilidad. Yo había creído que el comprometerme a una exacta observancia de todos tus preceptos, era poco menos que echarme grilletes a los pies y  esposas en las manos, condenándome de esta suerte a una tortura sin fin. Sin embargo, tengo experiencia de todo lo contrario. Tengo conciencia de que tus mandamientos son  muy suaves y ligeros".
El 20 de octubre de 1660 pronunció sus votos perpetuos de pobreza, castidad y
obediencia.

De inmediato fue destinado al Colegio de Aviñón, separado de la casa del Noviciado. Un año debió dedicarlo a terminar sus estudios de filosofía. En los otros cinco siguientes fue profesor, cumpliendo con la experiencia de magisterio de la Compañía de Jesús. Debió viajar a Saint Symphorien para acompañar a su piadosa madre en los días finales de su vida. Tuvo el consuelo de estar junto a ella y escuchar de sus labios estas conmovedoras palabras. "Hijo mío, tú serás un santo religioso". Junto a sus clases debió también desempeñar el cargo de predicador en la Iglesia del Colegio. Con gran satisfacción de todos pronunció en el Monasterio de la Visitación el sermón en honor de San Francisco de Sales, recientemente canonizado.
Antes de iniciar los estudios de teología, el mismo Padre General de la Compañía, en  persona, decidió intervenir en el destino de Claudio. "Me reservo el disponer yo mismo de él, fuera de la Provincia de Lyon. Por orden mía debe ir a París y allí cursar los estudios de teología".
El Padre General respondió un tiempo después una carta de Claudio el cual le había  agradecido el destino a París y su intervención personal. "La carta expresando su gratitud ha llegado a mis manos y me ha agradado mucho. En 66 cuanto a mí, me ha sido  agradable el serle útil, porque en el pasado se ha hecho Ud. digno de esta gracia y confío en que lo será siempre en el porvenir".

El enorme Colegio de Clermont, ubicado junto a la Sorbona, recibió a Claudio en 1666. Había allí profesores notables, el P. Guillermo Ayrult s.j., futuro Provincial de Francia.  También enseñaba el célebre P. Domingo Bouhours s.j., y el humanista Francisco  Vavasseur. La doctrina jansenista retenía la atención de todos y los jesuitas rectificaban, con firmeza, sus contenidos. El jansenismo restringía el amor de Dios y daba a entender que Jesucristo no había muerto por todos los hombres.
Los jesuitas, en sus clases sobre el libre albedrío, la Gracia, la Eucaristía y la redestinación, resaltaban los aspectos más suaves y más consoladores del dogma católico.
La estadía de Claudio en París coincidió con el extraordinario tiempo de renovación cristiano creado por Berulle, Olier y San Vicente de Paul. El modelo de San Sulpicio, en las cercanías del Colegio de Clermont, empezaba ya a renovar el ministerio parroquial. En todos los ambientes se repetían, con dolor, las palabras del Arzobispo de París referentes a las hijas de la Madre Angélica, abadesa de Port Royal: "Puras como ángeles, orgullosas como demonios". En los círculos literarios se imponían Racine y Molière. En la oratoria eran los tiempos de Bossuet y, muy cerca, en la misma Compañía de Jesús, los éxitos tan sonoros del P. Luis Bourdaloue s.j.

En 1667, los Superiores señalaron a Claudio el cargo de Ayudante del P. Bouhours,  preceptor de los hijos del célebre y todopoderoso Ministro Juan Bautista Colbert. El joven Juan Bautista, futuro marqués de Seigneley, entonces de trece años, y Nicolás Santiago, futuro Arzobispo de Rouen, frecuentaban las clases en el Colegio de Clermont. Muy pronto, Claudio pasó de Ayudante a las funciones plenas de Preceptor. Juan Bautista, el hijo mayor, tenía una personalidad muy difícil. Su afán por mostrar su superioridad y el desdén a los demás no lo hacían ser querido. Pero en los estudios brilló, gracias a la dirección de Claudio La Colombière. El Ministro, orgulloso por los éxitos de su hijo, empezó a demostrar a Claudio un gran afecto y a distinguirlo con su amistad. Con frecuencia lo invitaba a su palacio y lo hizo partícipe de su mesa, presentándolo a los grandes de la cultura y del Reino de Francia.


El 6 de abril de 1669 Claudio La Colombière recibió la ordenación sacerdotal en ceremonia muy solemne. Sin embargo, a fines del verano de 1670, al término de la Teología, debió regresar a su Provincia de Lyon.
En la ciudad de Lyon, en el célebre Colegio de la Trinidad, Claudio se hizo cargo de las clases de Retórica, de la dirección de la Congregación Mariana (hoy, Comunidades de Vida cristiana, CVX) y de la predicación en la Iglesia.
En 1674, fue destinado a Ainay, muy cerca de Lyon, para iniciar el año de Tercera  Probación, o tercer año de noviciado en la Compañía de Jesús. Resuelto a ser extremadamente fiel y sincero, se obligó desde un principio a llevar un Diario Espiritual con el que pensó ayudar al Padre Instructor a dirigirlo mejor, y así conservar para más tarde el recuerdo de las luces recibidas y de los propósitos formulados. En ese Diario aparecen sus notas durante el mes de Ejercicios espirituales. 

"Dios mío, quiero hacerme santo, a  cualquier precio que sea. Es preciso que Dios esté contento. Deseo hacer todo lo que pueda para ser de Dios, sin reserva... amarle con todas mis fuerzas". Aparece también, en la festividad de San Francisco Javier, la narración de una especie de visión de futuro: "De repente se hizo una gran luz en mi mente; me pareció verme cubierto de hierros y cadenas y arrastrado a una prisión, acusado, condenado porque había predicado a Cristo crucificado, deshonrado por los pecadores... ¿Moriré acaso a manos de un verdugo? ¿Me veré deshonrado por una calumnia? Todo mi cuerpo tembló y me sentí como apretujado por el horror. ¿Me juzgará Dios digno de padecer algo extraordinario para su honra y gloria? No hay la menor apariencia de ello, pero si Dios me hiciese tal honra, me abrazaré con gusto a todo lo que sea de su agrado, aunque fuesen cárceles, calumnias, desprecios,  enfermedades; sólo le agradan nuestros sufrimientos... No sé si me equivoco, pero siento y me parece que Dios me prepara males que sufrir. Envíame, Señor, esos males. Y tú, gran apóstol, alcánzamelos, y al dar gracias a Dios por toda la eternidad por ello, también te alabaré a ti".

El 2 de febrero de 1675 pronunció los 4 votos de su Profesión solemne y poco después fue nombrado Superior de la pequeña Residencia de Paray-le-Monial. Para muchos este destino a un pueblo tan pequeño no pareció el más adecuado para las cualidades de  Claudio La Colombière. Sin embargo, el P. Francisco de la Chaize s.j., provincial y después confesor de Luis XIV, sabía bien lo que hacía. Tenía poderosas razones. En Paray-le-Monial había un asunto espiritual enmarañado, delicado, que era necesario darle una pronta solución. 


Una religiosa del Monasterio de la Visitación tenía perplejas a las otras religiosas y también a los sacerdotes del lugar, aun a los jesuitas. Margarita María de Alacoque parecía tener éxtasis y una unión muy extraordinaria con el Señor. Las visiones se habían ido multiplicando y nadie sabía qué hacer o qué consejo dar. El nuevo Superior debe intervenir y, con prudencia y juicio, restablecer la paz en la iglesia de Paray-le-Monial.
Por su parte, Santa Margarita María llena de angustias, trataba de resistir a las inspiraciones que le parecían venir del Cielo. Seguía los consejos de sus Superioras y de los sacerdotes que hasta entonces habían intervenido. Un día recibió una promesa: "Yo te enviaré a mi fiel siervo y perfecto amigo que te enseñará a conocerme y a abandonarte a mí".
A fines de febrero de 1675, Claudio hizo la primera visita al Monasterio de la Visitación. "Este es el que yo te envío", oyó Santa Margarita María. A mediados de marzo, la Santa hizo con él una confesión general y le manifestó sus repugnancias.
San Claudio ordenó a Margarita María que pusiera por escrito todo lo que pasaba en ella, porque quería meditarlo despacio.
Dieciocho meses vivió el P. Claudio La Colombière en Paray-le-Monial e hizo su  discernimiento orientador con gran seriedad y profunda oración. Puso paz. Supo ver, en la devoción al Corazón de Cristo, el mismo modo espiritual, de misericordia y amor que él mismo había encontrado en la espiritualidad de San Ignacio. Se dio cuenta además, desde los primeros momentos y contactos con Santa Margarita, que esa misma devoción era el camino de Dios para los hombres de su tiempo y el mejor antídoto al riguroso jansenismo de la época.
En julio de 1676, San Claudio debió abandonar Paray-le-Monial. El P. Francisco de la Chaize s.j., lo había propuesto como el hombre indicado para la difícil misión de predicador de la duquesa de York, en Inglaterra.
En Inglaterra reinaba Carlos II. Por ser hijo de Enriqueta, princesa de Francia, y por estar casado con Catalina de Braganza, ambas católicas, había pretendido dar una mayor  libertad a los católicos perseguidos. Pero el Parlamento inglés no lo había permitido. Carlos II no tenía descendientes legítimos y el sucesor debería ser, algún día, su hermano Jacobo, duque de York, también de inclinación católica.
Jacobo había contraído segundas nupcias con María Beatriz, católica, hija del duque de Módena. La duquesa de York, por las capitulaciones tenía derecho a tener una capilla y un predicador señalado por Francia. Para este cargo fue señalado San Claudio.
El 13 de octubre de 1676 llegó al palacio de Saint James, en Londres. Sus ministerios, sus contactos con los jesuitas dispersos, debieron ser de extraordinaria prudencia. Predicó y ejerció su sacerdocio por más de dos años. Se beneficiaron los católicos de la corte de Saint James y también católicos perseguidos que acudían a visitarlo. Hubo vueltas a la fe y confirmación de vacilantes. Las religiosas de Mary Ward, dispersas y ocultas, tuvieron en él el mejor de los consejeros. Conservamos, hoy, más de 80 sermones predicados por San Claudio en ese tiempo y unas 140 cartas escritas por él. Todo manifiesta un enorme celo y un deseo profundo de servir a la Iglesia de Inglaterra, a la cual se sentía pertenecer. Supo prestar sus mejores servicios a la dispersa Provincia inglesa de la Compañía de Jesús. En el palacio de Saint James, gracias a sus oficios, pudo efectuarse la Congregación provincial de 1678. Allí conoció, emocionado, a todos los sacerdotes que, muy poco tiempo después, iban a confesar su fe con la prisión y el martirio. Más adelante, los acusadores de los  jesuitas van a hacer alusión a la celebración de la Congregación provincial, pero nunca supieron el lugar donde tan audazmente se habían reunido secretamente los Padres congregados.
Los trabajos, las angustias y el clima riguroso de Londres fueron minando la salud de San Claudio. En agosto de 1678, tuvo una primera crisis. "Comencé a echar sangre la víspera de la Asunción. Lo dejo todo en manos de la Providencia".
En diciembre de 1678 fue traicionado por un compatriota francés. Alcanzó a escribir: "Fui acusado por un joven del Delfinado, que yo creía haber convertido y a quien, desde su pretendida conversión, había yo tratado durante tres meses más o menos. Su conducta me hizo temer, con razón, alguna queja. La imposibilidad en que yo me encontraba de seguir ayudándole con recursos me obligó a abandonarlo. Entonces decidió vengarse de mí, descubriendo la relación que habíamos tenido los dos. Así lo hizo y me imputó, al mismo tiempo, ciertas palabras contra el Rey y el Parlamento. Como conocía una parte de mis asuntos, no tardó en acusarme de grandes crímenes por el poco bien que hice entre los
protestantes, y me hizo aparecer mucho más lleno de celo y mucho más feliz en mis
trabajos que lo que de hecho yo estaba".

De inmediato fue violada la habitación del Padre Claudio La Colombière en el palacio de Saint James. "Fui detenido a las dos, después de media noche". Fue trasladado a la prisión de King's Bench. Encerrado en un calabozo, no tuvo para curar su tisis más que frío, humedad y hambre. Todo un año.
La sentencia fue dictada el 17 de diciembre de 1679, expulsión del país. En enero de 1680 llegó a París. "Siento mucho volver a la Provincia en este estado en que aparentemente no podré trabajar mucho. Tengo los pulmones muy estropeados. Yo creo que, fuera de la predicación podré hacer poco. Pero cuando deba obedecer, espero que, con la gracia de Dios, nada me será imposible".
A su regreso a Lyon, se le confió el cuidado espiritual de los jesuitas que habían terminado el noviciado y seguían cursos de filosofía. Fueron dos cursos escolares, de 1679 a 1681.
En agosto de 1681 fue destinado, nuevamente, a Paray-le-Monial. Allí no había alumnos internos ni estudiantes jesuitas que pudieran contagiarse con la enfermedad del P. Claudio. Por lo demás, allí iba a ser recibido con los brazos abiertos y sería cuidado con exquisita caridad. Al mismo tiempo, su presencia podría ser muy útil para muchos que lo anhelaban.
Alrededor de la fiesta de Todos los Santos se entrevistó con Santa Margarita María,  reanudándose la interrumpida dirección espiritual. Pero sus días estaban verdaderamente contados. Muy débil, con muchas recaídas y algunos altos continuó su trabajo hasta el 15 de febrero de 1682. Ese día, a las siete de la tarde, murió en un vómito de sangre.
No se cumplió un año, después de su muerte, y todos sus escritos estuvieron reunidos y revisados. 

En marzo de 1684 se terminó la impresión de seis volúmenes.  

El primero fue el de Los Ejercicios Espirituales del Padre Claudio La Colombière. Por todo el Reino deFrancia se divulgaron con gran provecho de todos los que lo habían conocido. En esos escritos se incluyeron las narraciones que él había obtenido de Santa Margarita María sobre la devoción al Corazón de Cristo. Fue éste el mejor medio para hacer conocida esta devoción y el mejor camino para propagarla.

Mucho tiempo después, los discípulos de San Claudio, incansables, lograron presentarla y hacerla aceptar por la Iglesia como "la escuela más eficaz del amor divino". La misma Compañía de Jesús aceptó solemnemente en la Congregación General XXIII, en 1883 el encargo de propagar el culto al Sagrado Corazón de Jesús.


San Claudio La Colombière fue canonizado el 31 de mayo de 1992.



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