Convivencia de Cuaresma del grupo de matrimonios del Centro Loyola

Siempre tenemos necesidad de contemplar el misterio de la misericordia, es fuente de alegría, serenidad y de paz. Es condición para nuestra salvación. Misericordia es la palabra que revela el misterio de la Santísima Trinidad. Misericordia: es el acto último y supremo con el cual Dios viene a nuestro encuentro. Misericordia es la ley fundamental que habita en el corazón de cada persona en el camino de la vida..." 
(Francisco, "Misericordiae Vultus, nº2")
 Reunidos en una de nuestras casas, leemos la siguiente reflexión y salimos paseando en parejas, en oración, hacia una iglesia próxima. Durante el camino sólo podemos compartir con esa pareja asignada, aquello que la oración me mueve.

"Porque es Dios, porque Él es misericordia y porque la misericordia es el primer atributo de Dios, es el nombre de Dios. No hay situaciones de las que no podamos salir, no estamos condenados a hundirnos en arenas movedizas, en las que cuando más nos movemos, mas nos hundimos. Jesús está allí, con la mano tendida, dispuesto a agarrarnos y a sacarnos fuera del barro, del pecado, también del abismo del mal en que hemos caído. Tan sólo debemos tomar conciencia de nuestro estado, ser honestos con nosotros mismos, no lamernos las heridas. Pedir la gracia de reconocernos pecadores, responsables de ese mal. Cuanto más nos reconocemos como necesitados, más nos avergonzamos y nos humillamos, más pronto nos vemos invadidos por su abrazo de gracia. Jesús nos espera, nos precede, nos tiende la mano, tiene paciencia con nosotros. Dios es fiel. 
La misericordia será siempre más grande que cualquier pecado. Nadie puede ponerle un límite al amor de Dios cuando perdona. Basta con mirarlo a Él, basta con levantar la mirada concentrada sobre nuestro yo y nuestras heridas y dejar que al menos una grieta a la acción de su Gracia. Jesús hace milagros también con nuestro pecado, con lo que somos, con nuestra nada, con nuestra miseria... 
(Francisco, "El nombre de Dios es Misericordia")".
"Sobrellevaos mutuamente y perdonaos cuando alguno tenga queja contra el otro... El Señor os ha perdonado: haced vosotros lo mismo y por encima de todo esto, el amor, que es el ceñidor de la unidad consumada..." 
(Pablo a los Colosenses).
 
 
 De vuelta a la casa, nos esperaba Justo, nuestro consiliario, para purificarnos y acogernos en el perdón. Tras la oración compartida y todavía en actitud de oración, comenzamos nuestra eucaristía doméstica.

ORACIÓN DE LA MISERICORDIA.
Señor Jesucristo, Tú nos has enseñado a ser misericordiosos como el Padre del cielo, y nos has dicho que quien te ve lo ve también a Él. 
Muéstranos tu rostro y obtendremos la salvación. 
Tu mirada llena de amor, liberó a Zaqueo y a Mateo de la esclavitud del dinero; a la adúltera y a la Magdalena del buscar la felicidad sólamente en una criatura; hizo llorar a Pedro luego de la traición, y aseguró el paraíso al ladrón arrepentido.
Haz que cada uno de nosotros escuche como propia la palabra que dijiste a la Samaritana: 
¡Si conocieras el don de Dios! 
Manda tu Espíritu y conságranos a todos con su unción para que el jubileo de la Misericordia sea un año de gracia del Señor.
Te lo pedimos por interseción de María, madre de Misericordia, a Ti que vives y reinas con el Padre y el Espíritu Santo, por los siglos de los siglos, AMÉN.
 Lo compartido durante el paseo fue la homilía participada.
 Después de esta Eucaristía familiar, compartimos cena con nuestros hijos que también tuvieron su tiempo de juego y amistad.






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